Carta abierta Sr. Arzobispo

EL RETO DE UN NUEVO CURSO

Comienza un nuevo curso después de un verano más bien intenso. La peregrinación a
Tierra Santa marcó el mes de julio, y en agosto, sobre todo la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa y la novena a la Virgen de los Reyes, como cada año. Después de nuestra fiesta patronal he descansado unos días con la familia, observando el paso del tiempo y la situación de cada uno. La pequeña Carlota, la más joven con sus 17 meses, es la que más ha evolucionado desde mi última visita. La que era como un ángel sereno y tranquilo, se encuentra en una fase diferente: Ha empezado a andar y lo quiere coger todo; se dedica a explorar, a conocer y a expresar con vivacidad sus sentimientos y su estado interior; progresa sobre todo en comunicación, en conocimiento y en motricidad, eso sí, sin dejar parar a nadie.

Viéndola estos días me vino a la memoria un libro muy interesante que leí hace tiempo y
que tengo cerca, un manual clásico de David G. Myers, titulado Psicología, que tiene un
apartado muy ilustrativo sobre la cuestión del aprendizaje. Según este autor, «no hay un tema más cercano al núcleo de la psicología que el aprendizaje, un cambio casi permanente en el comportamiento de un organismo, debido a la experiencia». De hecho, hay estudios que llegan a la conclusión de que el cerebro humano está en condiciones de aprender durante toda la vida.

El aprendizaje se forma mediante el pensamiento y el lenguaje, mediante las
motivaciones y las emociones, mediante la personalidad y las actitudes. La posibilidad de
aprender en todos estos ámbitos es motivo de esperanza para nosotros. Según este autor, «se puede enseñar todo lo que se puede aprender». Este es un hecho que ha de animar a padres y madres, a profesores, a catequistas, a monitores, a todos los educadores en general, en el momento de comenzar un nuevo curso. Deseo hacer llegar a todos una palabra de ánimo ante el reto de un nuevo curso. La tarea educativa nunca ha sido fácil, pero en la actualidad es particularmente difícil. De ello son testigos especialmente los padres y madres de familia, así como quienes se dedican a la educación y a la instrucción de manera profesional. No es una casualidad que muchos de ellos acusen síntomas de cansancio o de desaliento ante las dificultades.

Un nuevo curso constituye un nuevo reto. Lo es el nuevo curso escolar y también el
nuevo curso pastoral para las parroquias, los movimientos, las instituciones cristianas de
formación académica y de formación cristiana en general. El nuevo curso pastoral es un reto para los profesores de Religión, para los catequistas de nuestras parroquias, para los equipos de Cáritas, de celebraciones litúrgicas y sacramentales, etc. El aprendizaje se ha de convertir en una actitud para toda la vida de enseñantes y enseñados. En cualquier orden. El aprendizaje puede servir para perfeccionar todo cuanto se había aprendido antes. En este sentido, el aprendizaje enlaza con la llamada formación permanente.

Comencemos el curso suficientemente motivados, y, sobre todo, llenos de esperanza, de
esperanza en Dios. Para los creyentes este es un aspecto fundamental. No podemos comenzar el nuevo curso sintiéndonos derrotados de antemano, incapaces de innovar, de mejorar, de convertirnos, de amar y servir mejor. No podemos comenzar el nuevo curso sintiéndonos fracasados de antemano en nuestra tarea de colaborar en la formación de los demás. Al contrario, hemos de depositar expectativas grandes en los demás, especialmente en los niños y jóvenes. Por tanto, esperanza en Dios y esperanza también en las personas concretas. Esperanza en nuestra capacidad de aprender, de aceptar y asumir los cambios necesarios que nos dictan la experiencia y las exigencias y las mismas dificultades de nuestras respectivas tareas. Comienza un nuevo curso, una nueva oportunidad para aprender y enseñar.